Mi primer libro

Leyendo el blog de @anarina intenté recordar cuál fue el primer libro que leí. Tengo vagos recuerdos de los días en los que empecé a escribir. Me emocionaba dejando mi nombre garabateado en cuanto papel se me ponía enfrente, no importa si eran facturas de la luz o del teléfono, reportes de la escuela o el periódico del día. Yo los inundaba con las siete letras que conforman mi nombre y se lo enseñaba orgullosa a todo el que se dejara.

Cuando fui capaz de leer más allá de dos palabras hacía lo mismo. Leía en voz alta la publicidad de las vallas, el nombre de las calles, de los locales comerciales, las noticias de la prensa, en fin, que no había quien me aguantara. Luego descubrí el placer de la lectura en solitario. Comencé con los cuentos infantiles que acostumbraba rayar cuando era muy pequeña. Pero un día, mientras mi madre hacía lo que ella aún suele llamar «limpieza general», encontré entre las cosas de mi padre un libro que cambiaría para siempre mis preferencias literarias: «El faro del fin del mundo».

Estaba por cumplir los nueve años y la imagen de la portada llamó poderosamente mi atención. Cogí el libro por curiosidad y quede atrapada para siempre. Al principio me costaba leer un párrafo entero puesto que no entendía por completo muchas de las palabras, pero la historia de aquel hombre solitario -Vázquez-  y saber que pasaría con los torreros en aquel lejano lugar consiguieron que intentara comprender la historia. Aprendí términos que no había escuchado antes como goleta, caverna, bahía, naufragio y monotonía. Y para aclarar mis dudas siempre tenía a mi padre, que había recorrido mucho mundo como contramaestre de un barco.

Así fue como comenzó mi aventura literaria. Julio Verne fue el primero de los muchos hombres y mujeres que conocería a través de su obra.  ¿Cuál fue el primer libro de tu vida?

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Los años maravillosos

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En ciertas ocasiones en que la nostalgia se apodera de mis pensamientos echo un vistazo al pasado para recordar. Y hace poco recibí un correo que me transportó alegremente a los momentos de infancia que tan celosamente guardo en algún rincón de mi memoria. Todos, en algún momento de nuestras vidas, soñamos con regresar el tiempo para enmendar errores del pasado, pero ese flash back temporal también podría servirnos para disfrutar otras vez acontecimientos propios de la infancia que seguramente nunca volverán.

Recordemos aquella feliz época en la que:

– Las decisiones importantes se tomaban mediante un práctico… «de-tin-ma-rin de don pingüe».

– Los errores de gramática se arreglaban arrancando la hoja y haciéndolo todo de nuevo. O con liquid paper, claro.

– El peor castigo era que te hicieran escribir cien veces  «No debo…»

– Las discusiones más intensas terminaban con un «piedra, papel o tijera».

– Llenar un frasco con canicas podía mantenernos felizmente ocupados todo un atardecer.

– No era raro que tuvieras dos o tres «mejores» amigos/as.

– Era ideal jugar un partido de volley ball sin red y que las reglas no importaran demasiado.

– «Llevar un arma a la escuela» significaba que te habían atrapado con una resortera.

– «¡El ultimo invita los refrescos!» era el grito que te hacia correr como un desaforado sintiendo como te brincaba el corazón.

– Nunca faltaban los miguelitos, el pico rey y los deliciosos dulces de chabacano.

– Tu peor desilusión era ser elegido de último para los equipos y juegos de tu escuela.

– Los globos rellenos de agua eran la más moderna, eficiente y poderosa arma que se habían inventado.

– La guerra era algo que había sucedido antes de que naciéramos y que nunca volvería a suceder.

– Los helados y las frutas con chile piquín constituían el grupo de los alimentos básicos.

– Para transformar tu bici en una poderosa máquina solo había que colocarle un envase aplastado de zumo entre los rayos de la rueda.

– Siempre había una moneda debajo de la almohada cuando se nos caía algún diente.

– Los hermanos mayores  eran el peor de los tormentos, pero también eran los mas celosos, fieles y feroces protectores.

La vida era más simple y todos podíamos sobrevivir sin Apple, sin Twitter y sin Facebook.

In memoriam

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Cierra los ojos e imagina la risa de un niño… de cincuenta niños. Escúchalos cantar y divertirse. Observa sus rostros iluminados con la chispa de la inocencia. Un rato después duermen la siesta y reina el silencio.

De repente sólo hay gritos y humo. Los adultos corren desesperados intentando encontrar salidas. Muchos niños se quedan entre las llamas.

Solos, llorando, sufriendo… muriendo.

Hoy hace una año del terrible incendio de la guardería ABC en Hermosillo, Sonora (México) en el que 49 menores perdieron la vida. No hay culpables. Los propietarios salieron en libertad bajo fianza. La guardería estaba situada junto a un almacén con materiales tóxicos. No tenía salidas de emergencia, ni detector de incendios, ni extintores… sin embargo, las autoridades aseguran que se trató de un «lamentable accidente». Tranquilos, no pasa nada.

Días grises

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Aunque el otoño es mi estación favorita debo reconocer que todas tienen su encanto. Pero los constrastes más hermosos sólo pueden apreciarse en los últimos meses del año. Hoy, por ejemplo, caminando por las calles de A Coruña pude ver un espectacular paisaje: un reluciente arcoiris acariciaba el mar y el cielo mientras la lluvia caía suavemente bajo los cálidos destellos del sol. Al fondo, con toda su majestuosidad, la Torre de Hércules. Maravilloso. Pero no siempre hay un arcoiris para alegrarnos la pupila. La lluvia y el frío acompañaron la agonía de Noviembre.

Y comenzó Diciembre también frío pero cargado, como siempre, de buenos deseos. Y de malas noticias: La crifra de abortos el año pasado se elevó a 112.138. Basta ya de niños muertos. Un NO rotundo al aborto. Por si fuera poco ya hay casi tres millones de desempleados en España. ¿Qué sigue?

Me gustan los días grises porque también tienen su encanto.

El club de los solitarios

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Ayer subí a un autobús que tenía puesta la radio. Al principio no le di mayor importancia al programa emitido pero la melodiosa voz de la locutora captó mi atención y pude darme cuenta de que era de complacencias musicales con llamadas al aire. María, de Cambre, llamó para pedir una canción (Amor de hombre) para dedicarla a sus amigas de la residencia. «Es que se me han puesto celosas porque ayer llamé para dedicarle una canción a una vecina», añade la oyente. 

La conductora anotó la petición y le aseguró que podría escucharla el próximo lunes. Considerando que era martes no pude evitar sonreír. ¿Qué motiva a una persona esperar siete días para escuchar una simple canción? ¿Es qué acaso no tienen algún disco en casa?

Después de unos minutos más de programa caí en la cuenta de que la mayoría de los radioescuchas eran personas mayores. No buscan música. Buscan compañía. La petición musical no es más que un pretexto. Una excusa. Un motivo. Un plan.

Sin duda alguna María esperará ansiosa el lunes para encender su radio, escuchar su canción y saludar a sus amigas de la residencia.

Esther, la locutora, es dulce y amable con cada uno de sus oyentes que, dicho sea de paso, la tratan con peculiar cariño. Anota una a una todas las peticiones y conversa un poco en cada llamada. En este programa el verdadero protagonista es el público. El menú musical es variopinto. En el transcurso de 35 minutos pude escuchar desde Black is black de Los Bravos hasta Abuelito dime tú de la banda sonora de Heidi, pasando por algún intérprete de operación triunfo y un par de orquestas medianamente conocidas. Pero la música es solo el pretexto.

El programa tiene sus seguidores y eso se nota con cada llamada. Los oyentes tratan con suma familiaridad a la conductora. Y ella hace lo suyo: regalarles un rato de protagonismo y un poco de compañía. Enhorabuena Esther.

 

 

Diecinueve niños muertos

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Diecinueve niños muertos. Ciento cincuenta y tres vidas interrumpidas. Unos minutos bastaron para terminar con las sonrisas del verano. Una vez más la negligencia cobra protagonismo en una tragedia que no debió suceder. Muchos de los pasajeros del avión siniestrado ayer en Madrid telefonearon a sus familiares para notificarles que había fallos en el avión. Lo sabían los pasajeros. Lo sabía la tripulación. Pero no se hizo nada por evitar la tragedia. El avión inició el despegue y se desplomó. El coordinador de vuelos del aeropuerto, declaró que el avión ya había cancelado dos vuelos antes debido a ciertos problemas técnicos. ¿Y entonces? ¿Es qué nadie pensó en suspender este vuelo? ¿Por qué arriesgar la vida de los pasajeros? España se conmociona ante la tragedia. A todos nos sabe mal. Resulta difícil contener el llanto ante la noticia, ante la lista de pasajeros, ante las escenas de los familiares desesperados.
Diecinueve niños muertos. Es tal vez la parte más triste de esta historia. Veintidós de los pasajeros del avión eran menores y solo tres sobrevivieron. Después de la tormenta vuelve la calma, pero ya nada será igual para las víctimas y sus familiares. Los minutos de silencio, las banderas a media asta, las ruedas de prensa de los afligidos políticos que interrumpen sus vacaciones, son gestos protocolarios. De nada sirven las lamentaciones cuando un fallo técnico ocasiona tantas muertes. Tanto dolor. Tantas lágrimas. Tanta impotencia.
Diecinueve niños muertos. No puedo quitar la macabra cifra de mi cabeza. Diecinueve niños muertos.

Una oración por sus vidas
Sólo tres de los veintidós niños se salvaron, dos de ellos se encuentran graves. Una oración por la vida de Alfredo, María y Roberto.

Y una oración por sus almas
Diecinueve niños muertos. Todos ellos con nombre y apellido. Descansen en paz: Jorge, Miguel,
Óscar Gabriel, Laia, Lucas, Niklas, Mercedes, Jorge, Raquel, Sergio, Jorge, Daniel, Sira, Domenico, Javier, Alejandro, Keila. Y dos bebés (menores de dos años). Uno de ellos hijo de Siomara Hernández y otro hijo de Isaac Domínguez. Descansen todos en paz.

¡Sí se pudo!

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Hace mucho que no actualizaba esta página y no por falta de información, ni por falta de tiempo. Más bien por razones que me averguenza compartir. Pero hoy no podía pasar por alto el triunfo de España en la Eurocopa.

A veces me sorprende como momentos tan breves como la final de un partido de fútbol pueden provocar tanta satisfacción. Sí, hay crisis. Sí, todos tenemos problemas. Es verdad. Pero es también verdad que el triunfo siempre se contagia. España es campeón de Europa, razón más que suficiente para sonreír… y disfrutar. ¡Que aproveche!

Anécdotas de mi embarazo

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¿Cuál es la peor pesadilla de alguien que le teme frenéticamente a las agujas? La respuesta es muy sencilla: una curva de glucosa. Claro que este no es un término común, pocas personas saben que es una curva de glucosa, yo, por lo menos, en mi vida había escuchado semejante término pero lo aprendí hace poco, junto con otro que tampoco olvidaré con facilidad: Test de O´Sullivan. Ambos están relacionados con la extracción sanguínea. Son pruebas para detectar la aparición de diabetes gestacional, es decir, diabetes durante el embarazo.

Sin duda el embarazo es una etapa increíble de la vida, donde las emociones están siempre a flor de piel. Cuando supe que estaba esperando un hijo el corazón me dio un vuelco y experimenté una sensación indescriptible. Mes a mes fui notando los cambios y disfrutando más de ese pequeño ser que crece todos los días en mi interior. Todo iba bien hasta que un día uno de los análisis de control mostró un resultado no esperado, mi glucosa estaba alta. Ante el riesgo de diabetes, me dijeron que debería hacerme el Test de O´Sullivan. Así que una mañana, en ayunas y con los nervios a flor de piel, acudí al ambulatorio donde después de tomar 50 ml. de glucosa en estado (casi) puro con un insoportable sabor a naranja, me extrajeron sangre para hacer el test. Resultado: positivo.

A los pocos días me llamaron del materno para notificarme que debía hacerme una nueva prueba: la curva de glucosa. Y que para ello debería disponer de al menos 4 horas libres. Acudí pues al hospital, nuevamente en ayunas y nerviosa, para encontrarme con un grupo grande de mujeres, todas nerviosas, todas embarazadas, que esperaban impacientes que comenzara la prueba.

Así que haciendo acopio del poco valor que me quedaba, entré con resignación a enfrentarme con la aguja y con todos mis temores de infancia. Una a una nos fueron pasando con la enfermera encargada de extraer la primera porción de sangre. Posteriormente nos dieron a tomar 100 ml. de glucosa (esta vez con sabor a limón, un poco más soportable), con la advertencia que no podíamos vomitar la espesa bebida, indicación que ignoraron 2 de aquellas mujeres que me acompañaban en esta nueva experiencia. Las pobres no soportaron tanta dulzura y tuvieron que regresar a casa para volver quizás otro día.

Tras tomar la dulce bebida esperamos una hora, inactivas, sentadas o acostadas según la preferencia de cada una. Sentí de pronto que la cabeza me daba vueltas, que no podría soportar mucho más. Pero el abrazo de mi esposo que no se apartó de mí me hizo sonreir y tolerar. Transcurridos los primeros sesenta minutos de espera, una nueva extracción de sangre. En mi caso tuvo que ser en el mismo brazo pues, mi brazo izquierdo se negaba a dejarse extraer una gota del vital líquido. Así que los primeros moretones empezaron a aparcer. Tras la segunda hora de espera una extracción más, con el consuelo que sólo quedaba una hora de espera y una última extracción. Casi cuatro horas después salí del hospital con la cabeza dando vueltas y una terrible debilidad corporal, pero contenta de haber pasado ya por todo eso y con los nervios de esperar el resultado.

Al otro día, ya más recuperada, recibo una llamada telefónica del hospital para avisarme que debía hacerme nuevamente la curva de glucosa. El motivo: el día anterior, por causas desconocidas, habían tenido problemas con el centrifugador y se rompieron todas las muestras de sangre, por lo que había que repetir todo. Al principio pensé que era una broma, quise llorar de frustración pero me di cuenta de que sería en vano. No quedaba más que aguantar y volver al hospital a pasar otra vez por todo aquello.

Todo esfuerzo, todo sacrificio, cualquier extracción y el hecho de enfrentarse a mil agujas, todo vale la pena si se trata de que un pequeño que apenas nacerá esté bien, esté a salvo. Lo peor ha pasado, pero los resultados no fueron favorecedores, así que una nueva curva está por venir, cuatro extracciones más y todo habrá terminado, por el momento. Sé que podré soportarlo, sé que tengo el valor suficiente de enfrentarme a todo por mi hij@. Sé que todo lo que haga por mi bebé es poco para agradecer a Dios el milagro de la vida.